Un paseo por el Jirón de La Unión

Texto: Andi Ramgon

Así era Jirón de la Unión, en el Centro de Lima, la capital del Perú; antes de la pandemia.

Los gritos de la señora de los churros se confunden con la cumbia que sale de los parlantes de la zapatería vecina. Aunque parezca un ambiente escandaloso, le da un encanto único a la zona. Se pueden observar antiguas construcciones, con las fachadas pidiendo a gritos una pasada de pintura; unidas a pequeñas tiendas de ropa que apenas se pueden diferenciar unas de otras. No es lo único que invita a quedarse en su lugar y apreciar el panorama. Muchas cuadras más adelante, una vieja casona ha sido forzada a tener de amarillo mostaza “sucia” sus paredes.

En el primer piso, una pastelería pretende adueñarse de la esquina con la música a máximo volumen y sus “jaladores” tratan de capturar a los antojados de media mañana o a algún curioso con un par de soles en el bolsillo. Pero el segundo nivel, parece que quiere contar otra historia. Podría ser un relato de abandono, descuido u olvido, pues el letrero de “SE VENDE” parece estar a punto de caerse de la ventana en el que fue amarrado sin mucho esmero. 

Estamos en el Jirón de La Unión, la avenida Larco del Virreinato. Esta afirmación es correcta, ya que en los años en los que el mismísimo Pizarro pisaba tierra peruana, mil quinientos treinta y cinco, se dio por inaugurada esta calle. Empezó siendo un espacio de interacción entre los más poderosos de la ciudad, donde la élite dejaba en claro sus rangos con sus ostentosas vestimentas y sus discursos pretenciosos. Sin embargo, con el pasar de los años -y los daños-, se convirtió en el lugar en el que todas las sangres se miran las caras e intercambian bienes por monedas.

Hasta ahora, el Jirón de La Unión es un punto clave de encuentro y explosión cultural. Un tatuador que bien podría ser de La Gran Vía -una galería bohemia que está cerca de Jirón Ocoña-, pasa por las puertas de la Casa O’Higgins y visualiza algo a lo lejos. Aunque parece que sus deseos por entrar al antiguo local van a vencer, acelera el paso y se pierde entre la multitud. Mientras esto ocurre, se da una competencia musical a unas cuadras: una joven cantante se enfrenta a un trompetista intrépido, que coquetea con su público.

Ella tiene un pequeño equipo de sonido, de esos que tienen luces y producen una sensación psicodélica en la oscuridad. El oído es su sentido más desarrollado. Con los ojos cerrados y el micrófono en mano, cuenta que una mentira mató su alegría y que con dos mentiras se fue su ilusión, al ritmo de Corazón Serrano. Ella se ha apropiado de la atención de los visitantes, e incluso algunos le dejan unas monedas en la lata que está a sus pies.

Por otro lado, el músico sabe utilizar bien sus armas: se humedece los labios y toca la melodía de un vals criollo. Una turista se acerca a escucharlo y él no pierde la oportunidad: se acerca juguetón a su observadora e inclina su sombrero, pidiendo una colaboración. La rubia le deja una propina y vuelve a su grupo de amigos. El músico sonríe y sigue tocando su instrumento. Ubicado al costado de la Basílica de Nuestra Señora de la Merced, capturar las miradas, y el dinero, de los extranjeros es su pan de cada día. Una canta y el otro toca, pero ambos tienen el mismo propósito: ser el músico del día de Jirón de la Unión. El resultado del combate es algo que solo ellos saben. 

Al mismo tiempo, entre Jirón Moquegua y Emancipación, el paladar de los transeúntes se humedece más con cada paso. Desde un pollito a la brasa hasta un suspirito a la limeña, todo se vale, menos la dieta. Todavía no es octubre, pero ya varios cayeron ante el encanto -y el olor- del puestito de turrón San Jorge. “El clima es medio raro, ¡vamos a comer!”, le dice un adolescente a su mamá, como si los cambios de estación se pudieran celebrar. Entre los jirones Cuzco y Huancavelica, el menú se pone más tradicional para los que nos visitan de otros países. El puesto del coronel que vende pollo frito y el negocio del payaso Ronald también acogen a peruanos, peruanos antojados de alguna “friturita” rica. 

Jirón de la Unión no acaba en Huallaga. Al seguir caminando en la misma dirección, uno puede apreciar uno de los lugares más famosos de la ciudad: la Plaza de Armas. En esta zona, el clima es más turístico. La galería Pancho Fierro, la Municipalidad de Lima, El conservador Club de la Unión y un par de restaurantes colaboran con la elegancia de la zona. Los policías abundan y más de un turista se acerca a ellos, a ubicarse dentro del mapa o a preguntar por una calle. Antes de llegar a Jirón Junín, los negocios más comunes dejan de ser las tiendas y se convierten en ambulantes. Los fotógrafos de oficio están atentos a que aparezcan los clientes y los que ofrecen servicios de turismo por la ciudad  se lanzan hacia los visitantes con sonrisas y pregones.

Antes de llegar a Jirón Trujillo, al frente del Palacio de Gobierno, la señora Doris y su hija han traído las clásicas papas rellenas, envueltas en papel aluminio. Siendo las dos de la tarde, hay algunos que todavía no han almorzado. Hay otros que, al estar de pasada, caen rendidos ante el olor característico y compran hasta dos papitas para el camino. La señora Doris sabe cómo complacer a sus clientes. Cuando los atiende, sabe impresionarlos. Abre su pequeña e improvisada lonchera, a la cual le han amarrado unas pequeñas rueditas para que su traslado sea más cómodo y saca uno de los manjares que ella misma a preparado. “Son caseras, hijita. Están riquísimas”, dice mientras sonríe y  echa un poco de cebollita con limón encima.

Cuando el comensal se sienta en el murito próximo a las dos mujeres, puede escuchar todo lo que dicen. Hablan del clima y de política, de que la prima hizo algo y que los de la municipalidad no las pueden correr del lugar. Parecen ser conocidas, ya que la mayoría de vendedores cercanos a ellas las saludan e intercambian bromas cortas.

Al contrario de lo que se pondría pensar, la circulación de las personas y el comercio no cambia mucho de acuerdo a los días o las horas… ni siquiera por el clima. Por ejemplo, los lunes lluviosos no son obstáculo para que compradores y turistas caminen tranquilos por el Jirón. Los ambulantes han desarrollado un impermeable invisible a los ojos. La prueba de esto son los cambistas de la esquina de Jirón Ocoña. Ellos visten una delgada camisa, con un chaleco mostaza que se les cae del cuerpo y con el fajo de billetes asomándose desde el bolsillo. Sin embargo, los vendedores no son los únicos personajes que tienen como rutina permanecer atentos durante varias horas.

El suboficial M. Rivera trabaja como guardia de la puerta lateral del Palacio de Gobierno, la que está cerca de Jirón Junín. Él cumple su turno de lunes a viernes y los fines de semana trabaja ocasionalmente. Su característico uniforme verde oliva resalta del color gris que tiene la casa del presidente. Sabe que su trabajo está lleno de adrenalina y cambios inesperados. Es uno de los encargados de proteger la plaza y cerrarla, si es necesario.

Lo hace cuando hay protestas o eventos importantes. Sean los que hablan de género y religión o los que protestan por la educación y derechos, las cercas amarillas se convierten en muros impenetrables. Estas son custodiadas por policías que bien podrían ser soldados, por el uniforme y el fusil colgado en el hombre.  “Nunca se sabe. A veces, tienes que tener mucha suerte para poder entrar”, comenta antes de recibir una indicación por radio.

Desde la Plaza San Martín hasta los pies del puente para llegar al distrito del Rímac, la creatividad del peruano para hacer un negocio hace fluir a esta recta. Desde los puestos ambulantes hasta las presumidas tiendas de retail, todas quieren un lugar dentro del Jirón. La disputa se debe a algo muy simple: Todos quieren que sus tiendas sean visitadas por más de 300 mil personas diariamente.

El Jirón de la Unión es considerada la quinta calle más cara en América Latina, por el precio de los alquileres, y produce más ganancias que su moderna y joven versión, la Avenida Larco. Mientras que la última recauda 1.7 millones de soles al mes, su antecesora genera ingresos que superan los 4 millones de soles en el mismo rango de tiempo. El estar cerca de la Plaza de Armas le permite a las tiendas elevar  sus precios como lo haría cualquier negocio que se ubica en Benavides o alguna otra calle miraflorina. Por eso, para comprar en Jirón de La Unión, debes tener fichas en la billetera. 

Al visitar, uno podría pensar que esta información es falsa. ¿Cómo es que a una casa fucsia le sigue una tienda color celeste pastel? Es uno de los misterios del urbanismo peruano. Eso puede no sorprender a algunos. Pero, ¿cómo es que una de las calles TOP cinco de Latinoamérica tiene una casona de más de 100 años, con la puerta sellada por un muro blanco, pero con el volumen alto de un televisor, proveniente del segundo piso? Otra vez, es un misterio. Las curiosidades en el Jirón son dignas de escribirse en un libro. El choque entre el pasado y el hoy es inminente… y necesario. Todo eso se refleja en los ojos iluminados de los turistas al ver que una antigua casa se ha convertido en una farmacia hace que a uno se le escape una sonrisita un poco burlona. 

La cultura de Lima, bien limeña, está llena de criollismos y costumbres. Dentro de ella, encontramos las tardes de encuentros, los brindis y los trajes bien planchados. Como todo en la vida, la gente que luce así combina con el lugar, específicamente con los portales con bordes dorados, las grandes escaleras de salón y una alfombra roja por la cual provoca modelar. Esta es una fiel descripción de cómo luce la entrada del Club de la Unión. La elegancia es de esperarse, ya que grandes personajes como Miguel Grau, Francisco Bolognesi y Alfonso Ugarte pertenecen a la lista de los fundadores (¡cosas que pasan en el barrio fino!). “Todos volvemos a donde pertenecemos” podría ser el lema de la asociación, puesto que se presentan como un espacio de encuentro y fraternidad que acoge a todos los peruanos, vengan de provincia o de afuera.

El 10, su restaurante vecino, tiene las copas de vino bien limpias y colocadas en cada mesa, las cuales están decoradas con un mantel rojo sobrio. Un anciano, muy a la corbata y el saco, lee el periódico mientras espera su orden. Muchas mesas más adelante, pegada al bar, una señorita se acomoda la servilleta en las faldas. Con el precio de los platillos que superan el bolsillo de un estudiante, es razonable apreciarlo desde sus vitrales o seguir caminando.

Jirón de la Unión es un lugar para caminar. Para pasear, para comprar, para comer. Este sitio brilla con luz propia y derrocha cultura e historia. Aunque no sea el motivo principal para que miles de negocios se hayan abierto durante estos años, justifica la ostentosa cantidad de ingresos que genera. Cómplice de la picardía limeña, las edificaciones que antes cumplían el rol de hogar se prestan para que hoy tatuadores, cocineros y estilistas prosperen mientras comparten los metros cuadrados. Sus paredes son testigos del pasar de los años, de la migración provinciana y de los momentos más duros de la economía peruana.

La razón más importante para hablar de este Jirón y recalcar el valor que tiene para muchos es para que su actividad, comercial e histórica, siga viva y en constante movimiento. Con un par de horas disponibles, uno puede recorrer toda la recta y quedar fascinado al ver cómo el pasado abrió sus brazos y cedió ante el encanto de miles de peruanos que también quieren hacer historia. 

A pesar de que Lima siempre tuvo el cielo gris, hoy se nota más que nunca. Sus calles no irradian ese calor característico de su gente y el centro de su ciudad vuelve a alzar la mirada temerosamente, pues el peligro de ver caer a sus habitantes la persigue. Una pregunta que muchos nos hacemos es: ¿volveremos a ver a la Lima de antes? 

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